El jueves Lucía arrancó con fiebre, pasó una mala noche y amaneció con mucha tos y con algo más de fiebre. Para el mediodía Bárbara estaba en la clínica de Ospil para ver si le sacaban una placa que pintara mejor el cuadro de los mocos y la fiebre.
A esa altura Lulí estaba bastante caída y respiraba con dificultad con lo cual una pediatra, mamá de uno de los compañeritos de Santi, nos recomendó llevarla a Rafaela para que la revisaran. Salimos raudos dejando a Santi en la casa de uno de sus amigos (el citado más arriba) y a Pomi e Inés en otra casa pensando que con suerte le daban un antibiótico a la Bola (nombre cariñoso con referencias a su volumen) y nos volvíamos para Sunchales.
No fue así, la doctora lo vio y determino que la saturación de oxígeno en sangre no era buena, encomendó volver a realizar la radiografía y unos análisis de sangre, dictaminando que era necesario inyectar un antibiótico salvaje, oxígeno y suero. ¡Alegría! Nos vimos transferidos a una habitación para pasar 48 hs de internación con la enana.
Lucía es bastante difícil en casa, tiene muuucho carácter y se impone con autoridad a sus hermanos mayores y a los desconocidos. Imaginen nomás lo que fue la experiencia de dos días con la mano vendada con el suero y con la nariz ocupada por unos tubos molestos, inenarrable. Bárbara soportó todo estoicamente y yo pasé una noche en la clínica para ayudarla, pero a la siguiente fuí a recuperar a los otros 3 desparramados en Sunchales.
Ayer por la tarde, después de horas innumerables Mamá y la Bola llegaron a casa y empezaron a poco a recuperar su lugar, me quedan todavía muchas reflexiones acerca de la vida de hospital, acerca de como Luli creció en dos días y de como es la vida cuando uno de tus hijos se enferma; pero lo dejo para más adelante, con más tiempo.
PS: A pedido de una abuela ilustro con una foto de Luli con sus tubos.